Lope: poes¡a e historia Hay una frase, en forma de consejo al poderoso duque de Sessa, en el interesant¡simo epistolario de Lope, que es toda una definici¢n de urgencia de su vida y personalidad: le dice que hay que ser como el caldero que para sacar agua del pozo debe humillarse. Agua es para Lope la poes¡a, el amor, la belleza en general, y el angustioso y barroco dinero. Lope es de humilde familia, y ser  mimado y consentido por todo el pa¡s hasta por los m s altos. Lope es de humilde econom¡a y ganar  bastante dinero con la pluma, ya directamente o con mecenazgos, hasta el punto de ser tal vez nuestro primer escritor profesional, que edita sus obras -me refiero a las no dram ticas- con la tenacidad, incluso econ¢mica, de un escritor de hoy, cuando ni G¢ngora ni Quevedo imprimieron sus versos en vida. Lope es de humilde linaje, y la sociedad le permitir  abusos morales que no se permiti¢ ni aun a algunos poderosos. Lope supo pedir. Pidi¢ lo que necesitaba, siendo humilde caldero en busca de agua. Pidi¢ favores, pidi¢ dinero, protecci¢n social. Y pidi¢ amor a varias mujeres. Luego, como el caldero, se elev¢, una vez lograda, bebida el agua. Lope vivi¢ en un tiempo en el que la moral colectiva no contaba nada al lado de la individual. As¡ ‚l es terriblemente individualista. l, con su ciega fe en s¡ mismo y en sus palabras, sab¡a desde joven que se elevar¡a hasta lo alto, en poes¡a, amor y favor social. En fama, en suma. El tema de Juan Ram¢n, amor y poes¡a cada d¡a, se cumple en Lope. Sin embargo, aquella frase que escribi¢ de que ‚l no ten¡a medio, sino que amaba o aborrec¡a, es una frase moment nea, uno de sus mil arrebatos, y adem s, como ha demostrado Eugenio Asensio, un calco de un autor latino. Lope aborrec¡a a rachas, desde Elena Osorio, pero no fue un hombre duro, como fueron G¢ngora y Quevedo, y la s tira no fue su fuerte. As¡ -olvidando sus luchas- su vida se ordenar¡a en tres l¡neas: su ascenso teatral, hasta crear y consolidar uno de los teatros m s importantes de la historia; su vida de poeta l¡rico; y su vida de enamorado (de amante, esposo y padre). Nacido en Madrid, en 1562, en la familia de un artista bordador de interesante car cter; parece ser que estudi¢ con los jesuitas y a£n que pretendi¢ seguir carrera universitaria en Alcal , lo que -seg£n explica ‚l- no se cumpli¢ por una mujer. Pasada esta etapa de ni¤ez y adolescencia, su vida se puede concebir en torno a cinco mujeres: tres amantes y dos esposas. Todas ellas van a estar presentes, m s o menos directamente, en una etapa de su creaci¢n po‚tica. Los primeros datos abundantes que tenemos de Lope son de 1587-88. Son un proceso que cierra la etapa juvenil del poeta. En los a¤os anteriores hab¡a vivido -seg£n el horaciano fabula quanta fui- en hablillas de las gentes por sus amores con Elena Osorio (Filis), hija del comediante Vel zquez. Amor de primavera, brioso, inquieto, plagado de versos y pasiones violentas, que acabar  mal para el poeta, al abandonarle ella. A esta mujer y a su familia dedica los m s duros insultos en verso, y es desterrado por ello del reino de Castilla. A esta mujer van ligados los primeros romances, a veces con disfraz morisco, y luego, pasados muchos a¤os, en la vejez, La Dorotea, obra en la que recrea su juventud, haciendo poes¡a de la historia. Inmediatamente de ser condenado al destierro se cura el amor y el despecho con un nuevo amor, el de Belisa, Isabel de Urbina, con la cual se casa, pasando a residir en Valencia y Alba de Tormes. A ella va unida en parte La Arcadia y varios hermosos romances pastoriles. Muerta en 1594, y ya vuelto a la corte, entre Madrid y Toledo, y aun Sevilla, Lope vivir  un doble amor en lo que podr¡amos llamar el verano de su existencia. Tal fuego hay en la pasi¢n por la comediante. Micaela de Luj n (Camila Lucinda), a la que sirve de contrapunto el agridulce hogare¤o amor por su segunda esposa, Juana de Guardo. Camila est  en relaci¢n con la primera gran obra l¡rica de Lope, las Rimas, en una etapa muy importante, en la que el poeta se eleva a la fama nacional, que culmina con el teatro de los primeros a¤os del siglo (de 1609 es el Arte nuevo de hacer comedias) y con La Jerusal‚n conquistada. La mujer Juana Guardo no va a ser una bella musa, pero indirectamente preside ciertas zonas de la literatura de Lope muy interesantes. En primer lugar, su epistolario, donde tanto habla de su hogar, que se establece definitivamente y hasta la muerte del poeta, en Madrid, en la calle de Francos. Adem s de la muerte del hijo nacido de Juana, Carlos F‚lix, y de la propia muerte de ella, va a salir el deseo final de hacerse sacerdote y de escribir poes¡a hondamente religiosa, cuyo modelo son las Rimas sacras, sin olvidar los Pastores de Bel‚n. (Esa etapa, desde 1605, tiene tambi‚n el sello de sus primeras relaciones con Sessa, desde 1605, como secretario de cartas varias, incluso amorosas.) Tras esta etapa, varias veces padre, viudo, sacerdote, con cincuenta y tantos a¤os, parece que Lope va a vivir un sosegado oto¤o. Pero este oto¤o viene impulsado por nuevos vientos, los de su £ltimo y mayor amor, Marta de Nevares (Amarilis), a la que conoce casada y a la que se une en intenso, ad£ltero y sacr¡lego amor en 1616, teniendo de ella una hija al a¤o siguiente. A ella van unidas todas las composiciones, cartas y hasta alguna comedia como La viuda valenciana, que Lope escribe desde entonces; pero muy significativamente La Filomena y la Circe, que contienen entre las dos, las Novelas a Marcia Leonarda, escritas al parecer a petici¢n de Marta. Este oto¤o tiene, relativamente pronto, bandazos de invierno. Especialmente desde 1625, en que los bellos ojos verdes de Amarilis quedan ciegos. Ella morir  en 1632, tras haber pasado por la locura. Quedan tres vueltas alrededor del sol en la vida de Lope. Sol de invierno, agridulce. Vuelven los disgustos sobre ‚l. Muere Lope F‚lix. Se fuga Antonia Clara. (Marcela hac¡a mucho que se refugi¢ en un convento.) En estos a¤os Lope puede por fin volver los ojos a Dios, en paz y a la poes¡a, y pulir dos de sus mejores obras, La Dorotea, donde recrea su primera pasi¢n, la mujer, y las Rimas humanas, donde recrea su segunda pasi¢n, la literatura. La forma de publicar Lope su poes¡a le hace diferente de la mayor¡a de los poetas de su ‚poca. En cuanto que puede, desde 1598 hasta su muerte, en 1635, dejando incluso un libro in‚dito preparado para la imprenta, que luego ver  la luz, La Vega del Parnaso, edita y edita, como un poeta de nuestro tiempo sus versos, y procura darles la unidad del libro, superando la simple recolecci¢n de poemas. Es decir, es un poeta l¡rico -en la medida que esto es posible- ®profesional¯. Si a esto a¤adimos su constante producci¢n teatral, tan parecida en sus vertientes sociales y econ¢micas a nuestro cine de hoy, tendremos en Lope la imagen perfecta de un hombre muy moderno en su forma de profesar la literatura. Frente a G¢ngora, su gran rival, el caso no ofrece dudas. G¢ngora muere sin editar sus obras. Y, adem s, G¢ngora escribe cuando quiere, mientras que Lope escribe siempre, por vocaci¢n y oficio. G¢ngora escribe poemas, y Lope, poemas y libros, algunos concebidos como tales libros a priori, tal como se har  modernamente. Otro car cter de su obra, tal vez el m s importante, va unido a lo ya expuesto en su biograf¡a. Lope es, sobre todo, moderno en que es el primer poeta espa¤ol que pasa de la alegor¡a po‚tica a la realidad po‚tica, cont ndonos su intimidad, aun en problemas muy espinosos para la ‚poca. En este sentido, hasta el Romanticismo no encontramos ese desenfado de contar las intimidades (de un Canto a Teresa, de Espronceda, por ejemplo). En Lope es un proceso muy claro este paso del mundo antiguo, en este caso renacentista, al mundo moderno, por medio del barroco. Su primera historia de amor, con Elena Osorio, viene disfrazada de romances moriscos en los que el poeta se oculta en un pseud¢nimo (Zaide). En su segundo amor, el de Belisa, se oculta en romances pastoriles (Belardo). Hay que estar en el asunto para poder desentra¤ar la historia. De hecho, hasta que Tomillo y P‚rez Pastor no descubrieron el proceso del destierro, no se pudieron atribuir muchos de esos romances al poeta. Pero en una segunda etapa, en sus amores a Camila Lucinda, ha dado un paso hacia adelante; sigue, a la moda pastoril y morisca del Renacimiento, ocultando el nombre verdadero de Micaela Luj n, tras el de Lucinda; pero ya no hay una doble historia morisca o pastoril, sino una sola historia verdadera con pseud¢nimo, que es cosa muy distinta. As¡, cuando empieza un soneto como este: Yo no quiero m s bien que s¢lo amaros, ni m s vida, Lucinda, que ofreceros, no estamos dentro del t¡pico cancionero petrarquista, blanco, aleg¢rico, sino que vemos palpitar la vida en concreto. Enseguida, en una tercera etapa, la de su gran crisis religiosa de las Rimas sacras, Lope dar  un nuevo paso hacia adelante. Se abrir  a todos sus lectores, publicando en unos poemas de contrici¢n sus pasiones que quedan al desnudo, as¡ como su alma pecadora. Y cuando muere Carlos F‚lix se confiesa, en una magn¡fica eleg¡a, p£blicamente de sus faltas. Y al final de su vida llega al sumo extremo al contarnos el rapto de su hija Antonia Clara con detalle. A£n hay m s. Muerto el marido de Marta de Nevares, le dedica a ‚sta La viuda valenciana, en una horrible y naturalista dedicatoria donde el coraz¢n de Lope, ciego de amor y ebrio de placer, se alegra de la muerte del rival y da la enhorabuena a Marta, y aqu¡ no en trasposici¢n po‚tica, sino en un objetivo pr¢logo firmado por Lope de Vega, ya sacerdote, y no por Belardo o Zaide. No obstante, este fundamental car cter de la obra de Lope ha llevado a exagerar el valor documental de su poes¡a. Asensio ha demostrado c¢mo un poema tan tenazmente interpretado como la historia de la fuga de Antonia Clara, el Huerto deshecho, fue publicado en un pliego suelto en 1633, antes de que la fuga se efectuase, pero las muchas excepciones confirman la regla. En cuanto al estilo, con Lope nos encontramos ante un caso opuesto al de G¢ngora. Vimos all¡ la intensidad de un aparato de relojer¡a, siempre funcionando en un incansable tictac de perfecci¢n. En Lope la intensidad se convierte en extensi¢n. Lope es poeta de muchos registros y aun de varios estilos engarzados por su agitada biograf¡a; y la extensi¢n de gamas, tonos, g‚neros, momentos, circunstancias, profesionalidad, etc., hace que haya en su obra altibajos muy considerables, incluso, como se¤ala Montesinos, momentos de verdadero mal gusto. Yo me explico esto porque la poes¡a de Lope es la historia po‚tica de Lope, y la vida es irremediable que tenga en lo individual y en lo colectivo momentos de mal gusto, ca¡das en picada de la ‚tica y de la est‚tica. Esto sobre todo en un poeta que practic¢ tantos g‚neros como son todos los tradicionales, desde las letras para cantar, a veces suyas, a veces recreaci¢n de canciones tradicionales, la redondilla, el romance, etc., hasta el poema culto, incluso pasado por G¢ngora, en su ampl¡simo sonetario, sus ‚glogas, ep¡stolas, canciones, etc., llegando hasta una poes¡a -analizada por D maso Alonso- que quiere ser filos¢fica. La etiqueta de Lope poeta popular es muy incompleta. Lope propugn¢, y lo ha estudiado muy bien Montesinos, una poes¡a que uniese el concepto (que le parec¡a muy espa¤ol, siguiendo los poemas del Cancionero general y sus parientes) al ornato italiano, de nuevas estrofas, y ritmos, de un nuevo l‚xico. Equilibrio entre ambas fuerzas es lo que Lope busc¢. Esto es muy barroco, un equilibrio, inestable, entre lo medieval y el renacimiento. Por eso luch¢ contra G¢ngora (aparte de razones personales y vanidades), aun admir ndole, porque este desequilibraba, y m s a£n su escuela, la ecuaci¢n so¤ada de concepto m s ornato. Esto no lo vio s¢lo Lope. Melo compar¢ dos poetas de la ‚poca en su Hospital das letras, el conde de Salinas y el conde de Villamediana, y dijo que entre los dos har¡an un buen poeta, pues el primero era todo conceptos sin adorno, y el segundo todo adorno sin conceptos. Esto es injusto, pero lo que importa es la intenci¢n te¢rica, que equivale plenamente a la de Lope.